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¡Feliz vida nueva, mamá!

La maternidad es una de las facetas más complejas, creo yo, de las mujeres. Pues más allá de tener un bebé y convertirnos en mamás vivimos una serie de transformaciones que nos cambian por completo en muchas cosas.

 

Hace poco publicamos en nuestras redes sociales una frase que quiero profundizar.

 

 

«Ellas también acaban de RE-nacer», ¡qué poderosa afirmación! Yo recuerdo que cuando fui mamá me encontré con un mundo totalmente diferente a lo que tenía en mente sobre tener bebés. En parte creo que se debe mucho a todos los temas tabú o que se hablan poco de este mundo de mamás, como la depresión postparto, el cansancio extremo, el miedo, el vacío, la responsabilidad que se siente de un día a otro. Porque en realidad durante el embarazo aunque sabemos que ya somos mamás me parece que no nos cae el veinte, no lo sentimos realmente sino hasta que tenemos a la criatura en brazos. ¡Ahí sí que se sienten todas las emociones al mismo tiempo!

 

Para mí, ser mamá es casi como una personalidad completamente nueva y diferente a la de antes. Sí marca un antes y después en la vida de una mujer. Y lo creo así porque en esta aventura atravesamos por muchas transformaciones que nos hacen cambiar, cada quien elige si para bien o para mal, pero el trabajo interno y personal que implica ser mamá está ahí para hacernos mejores mujeres.

 

Sería una desdicha si un poder tan fuerte como lo es el tener la capacidad de gestar vida y ser el único canal de llegada de esa nueva vida al mundo no nos dejara a nosotras la oportunidad de hacernos más fuertes, más valientes y más amorosas.

 

Pero ¿Cómo partir de todas las vivencias de la maternidad para ser mejores mujeres? Y no me refiero a que antes de ser mamás no seamos suficiente, es simplemente una forma de referirme al proceso de ir avanzando como seres humanos, al progreso de crecer como personas. Me encantaría aquí compartirte mi visión de esto. Yo creo que todas las situaciones, personas y experiencias están para enseñarnos algo pero el aprendizaje que guardan sólo lo podemos tener si decidimos, conscientemente, verlo. No se puede abrir una puerta si no se estira la mano para girar la manija.

 

Creo que ser mamá trae un gran regalo para nosotras (aparte de nuestro bebé, por supuesto) porque es un proceso cargado de cambios y aunque superficialmente no lo parezca, o no se sienta así, todos los cambios nos abren camino para ese trabajo interno que nos hace trascender y ser mejores personas en muchos aspectos. Por ejemplo, te voy a platicar de mi historia personal. Yo siempre, desde adolescente, he batallado mucho con el peso y con la idealización del cuerpo femenino. No seré la única, hemos crecido en un mundo que nos dice cómo «debemos» ser bombardeadas de imágenes de cuerpos que la mercadotecnia y la industria de la belleza y la moda llamarían como «perfectos» y obvio que encajar en esos moldes requiere un esfuerzo sobre humano para las mortales como yo. Dietas y ejercicio descontrolado es lo de menos. Los mayores fantasmas en el intento por tener ese cuerpo de revista son las pastillas, cirugías y métodos que ponen en riesgo nuestra vida.

 

Pero bueno, cuando fui mamá la verdad es que yo tuve la fortuna de vivir un embarazo espectacular. Lo disfruté muchísimo y tuve muy muy pocos achaques. Lo único fuerte fue el sueño. Subí muy poco de peso – 10.5 kilos – pero más allá de sentir presión por no subir tantos kilos, yo disfruté muchísimo mi pancita. Siento que estaba yo en un momento de ensueño, casi desconectada con el mundo y todas las presiones que nos pone a las embarazadas. Cuando nació mi hijo Julián, viví una de las experiencias más puras y hermosas que he tenido con mi cuerpo. Yo soy mamá de cesárea, pues tuve principios de preclamsia y la doctora decidió operarme de inmediato. Así que todo el proceso de recuperación y de sanar el cuerpo fue un gran aprendizaje para mí de ver la capacidad de mi cuerpo de renovarse. Recuerdo perfecto el momento de iluminación que me hizo sentir un amor profundo por mi cuerpo y no, no es nada parecido a la escena de una película en la que seguramente sería una situación bellísima y sublime jajaja porque en realidad, en la vida real, así es como pasan las cosas. Sin producción, sin maquillaje y cuando menos lo esperamos.

 

Había pasado ya un día de mi cesárea y ya había ingerido sólidos así que era momento de ir al baño. Ya había escuchado que la primera ida al baño era toda una experiencia cuando se tenía una cesárea pues el cuerpo se había adormecido de la parte baja y prácticamente no se podía tener control aún. Bueno, pues entré al baño y efectivamente tenía cero control de los músculos abdominales así que por más que pujaba no podía. Y la cosa es que sí tenía ganas de ir al baño! entonces no era como que me podía salir y ya. Decidí esperar. Y esperé unos cuarenta minutos sentada en el baño jajaja hasta que empecé a sentir lo sabio del cuerpo. Mi vientre/abdomen empezó solito, literal, a contraerse para pujar. Yo seguía sin control alguno. Era como si mi cuerpo tuviera vida propia y se estuviera encargando de lo que tenía que hacer. Puede que leerlo no tenga el mismo impacto pero la verdad es que vivirlo es algo impresionante, más allá de la situación en la que estaba me refiero al sentir tu cuerpo actuar como un ente más. Aparte de ti. Con vida propia. Y más allá de eso, que además vive sólo para ti. Para darte lo que necesitas, llevarte a donde quieres, darte las experiencias que deseas. ESO es lo que ese momento me transmitió. Y ese día sentí un amor y respeto tan profundo por mi cuerpo que recuerdo decir «Nunca más haré una dieta extrema o algo que dañe a este cuerpo que trabaja y está para mí».

 

Ese, para mí es una experiencia de amor propio que sólo la maternidad nos puede dar gracias a los cambios y transformaciones tan potentes por los que atravesamos cuando nos convertimos en mamás. Mi consejo es que nos separemos de todas las ideas impuestas que nos hacen alejarnos de la parte consciente de cada experiencia. Es muy fácil seguir la línea que nos han dibujado de en el embarazo preocuparnos porque ya estamos subiendo mucho de peso, las piernas nos están engordando, las pompas ya tienen celulitis y la panza ¡que infarto si nos salen estrías!, en la lactancia que horror cómo nos van a quedar los senos, las estrías, el cambio en color y forma de pezones… y en postparto la urgencia por perder kilos, por volver a entrar en nuestros jeans, por borrar cicatriz y estrías, por la piel que perdió elasticidad y firmeza. Todo esto es vivir en lo superficial y ciegamente.

 

Elijamos la parte consciente, el amar nuestro cuerpo que crece pues igual crecen nuestras razones de existir con un nuevo bebé, de amar y aprender de nutrir a nuestro hijo/a, y de ser testigos de la recuperación de nuestro cuerpo después de ser hogar para un nuevo ser.

 

Así que ¡Feliz vida nueva, mamá! Toma tú tiempo para reconocer tu nuevo cuerpo, tus nuevas emociones, tu nueva forma de amar. Aprovecha para hacer las paces con tu yo de antes, con tu experiencia corporal. Abraza a esta mujer más valiente que ves al espejo todos los días y no te olvides de ti. Sobretodo eso, no te olvides de ti.